Columna
Por qué celebro el 4 de julio siendo socialista
- Política y partidos
En algún auditorio de Nueva York, a mediados de los años sesenta, un ingeniero de San Diego llamado William Brown escuchó una ponencia sobre ingeniería nuclear y química, según se cuenta en mi familia, y en la fila de al lado estaba Alicia Marcó, química chilena con doctorado, ahí de paso. Se casaron. Tuvieron una hija en Estados Unidos. Se separaron años después, y a esa hija, mi madre, la trajeron a Chile a los diez años. Mi madre nos crió prácticamente sola a mi hermano y a mí en Ñuñoa, y pese a vivir en Chile nos crió más American que Chilean: Sesame Street y Disney en VHS, la bandera y los feriados, un país que ella nunca dejó de llevar puesto. Yo existo porque dos personas de dos países se sentaron cerca en una charla de física. Ese es todo mi patriotismo americano, y es suficiente.
De adolescente, ateo y humanista, encontré a Thomas Paine, el padre fundador que Estados Unidos prefiere no enseñar en el colegio. En 1794 escribió "The Age of Reason", donde no negó a Dios, lo sacó de la Iglesia y lo puso donde Paine confiaba de verdad: la razón. "Mi propia mente es mi propia iglesia", escribió. Se lo cobraron caro. Lo persiguieron en Inglaterra, casi lo guillotinan en Francia, y cuando volvió a Estados Unidos, el país que ayudó a fundar con "Common Sense" lo dejó solo. A su funeral asistieron seis personas. Los cuáqueros de New Rochelle no lo dejaron enterrar en su cementerio, y terminó bajo un nogal en su propio campo. El fundador que le pidió a Estados Unidos pensar por sí mismo es, hasta hoy, el que Estados Unidos menos quiere recordar.
Ese rechazo al dogma, no el ateísmo en sí sino la negativa a tragarse algo sin razón, es lo que me conectó con Paine a los quince años y no me ha soltado desde entonces. Con los años se volvió también lectura política. Vi cómo el propio Partido Demócrata trataba a Bernie Sanders en sus primarias, y ahí dejé de ser un demócrata tranquilo para volverme uno enojado, y de paso, antirrepublicano sin matices. Desde entonces sigo a Sanders y a Alexandria Ocasio-Cortez como el faro de lo que puede venir después de que el imperio, tarde o temprano, deje de ser imperio. Este enero se les sumó un tercero: Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York, socialista declarado, primer musulmán y primer asiático-americano en el cargo, jurando en público con el propio Sanders tomándole el juramento, la misma promesa que Paine dejó firmada hace 232 años: que las instituciones existen para servir a la gente, no al revés.
Hoy se cumplen 250 años de esa promesa, y yo, socialista, militante del Partido Socialista en la comuna de Ñuñoa, la voy a celebrar. No celebro el imperio que Estados Unidos construyó después, con sus golpes financiados y sus bases en medio mundo. Ningún chileno de izquierda tiene por qué celebrar eso, y yo tampoco lo hago. Celebro la revolución que en 1776 se atrevió a decir que un rey no tiene derecho divino sobre nadie, la misma idea que casi dos siglos después Salvador Allende, otro médico convencido de que la política se ejerce con la razón y no con el dogma, intentó aplicar en Chile a su manera. Paine hubiera entendido a Allende mejor que a la mitad de los presidentes que ha tenido su propio país.
Hay que ser justos: Estados Unidos ha traicionado esa promesa más veces de las que la ha cumplido, y sigue haciéndolo. Pero la promesa en sí, la de que el poder rinde cuentas y la mente no se arrodilla, no le pertenece a ningún imperio. Le pertenece a mi abuelo de San Diego, a mi abuela química que vino y se fue, a mi madre que nos crió prácticamente sola con dos banderas, y a un panfletista enterrado bajo un nogal porque pensó antes de tiempo. Yo heredé esa promesa, no el imperio.
No celebro a Estados Unidos. Celebro lo que Estados Unidos todavía no termina de merecer.